LA MEDICINA EN EL ANTIGUO EGIPTO
Divinidad y Ciencia
Para hablar de la medicina en el Antiguo Egipto viajaremos en el tiempo hacia un largo período de reinados, de más de 30 dinastías, correspondiente a los últimos 3.000 años a. C., y que abarca desde el Imperio Tinita, hasta la conquista de Egipto por Alejandro Magno.
Si bien, la culminación en el desarrollo y sofisticación de la medicina se debe a la cultura griega, haremos constar que el origen de ésta, así como de la medicina occidental, radica en el Antiguo Egipto. Las prácticas de los antiguos médicos egipcios fueron muy superiores a las de otras civilizaciones, coetáneas y posteriores. Durante mucho tiempo, la medicina egipcia gozó de un considerable prestigio en la historia, mayor incluso que el alcanzado por la medicina de la Europa Medieval.
Perteneciente a la llamada medicina arcaica, la medicina egipcia destaca por la separación de los elementos mágico, religioso y empírico y la existencia de figuras representativas de cada una de estas ramas: magos, sacerdotes y médicos. Los antiguos egipcios recurrían a una de estas figuras para curar sus males, bajo el influjo de sus profundas creencias.
Otro aspecto sobresaliente de la antigua medicina egipcia, era la gran especialización de sus representantes. Existía un tipo de médico para cada enfermedad y la fama de éstos sobrepasaba los límites de sus tierras. Los médicos podían ser sacerdotes, o también civiles, elegidos normalmente de entre los escribas (personas de clase baja, elegidas por su inteligencia y buena educación, para redactar documentos legales y comerciales, frecuentemente al dictado, y transmitir la cultura al pueblo). Herodoto de Halicarnaso (gran historiador de tiempos de Hipócrates) proclama el triunfo de la medicina en su visita a Egipto y lo confirma al recordar que los reyes persas Ciro y Darío llevaron médicos de Egipto a sus cortes, reconocidos por su alta reputación. Del mismo modo, Homero, en la Odisea, afirma que los médicos egipcios eran más hábiles que los de otras tierras.
En el Antiguo Egipto, los médicos recibían su formación en los templos y entraban a formar parte de un rígido sistema jerárquico, donde los rangos establecidos, de menor a mayor, eran los siguientes: Médico, Médico Jefe, Médico Inspector y Médico Superior. Además existía el Médico de Palacio, o Senior, el cual solía ser un sacerdote. Y por encima de todos ellos se situaba el Médico Mayor, una figura similar a la de un Ministro de Salud, quien regía un área geográfica delimitada, habiendo así un Médico Mayor del Alto Egipto y otro responsable del Bajo Egipto.
La existencia de títulos y de una jerarquía médica nos lleva a pensar que, en el Antiguo Egipto, los médicos eran una clase social respetada, cuya misión era garantizar a los ciudadanos la calidad de su saber y su práctica. Es probable que el Estado pagase a los médicos para que éstos pudieran atender de forma gratuita a los enfermos. Hecho éste que revela la existencia de un sistema de seguridad social, similar al que conocemos en la actualidad. Los médicos poseían un equipo que les ayudaba en sus intervenciones: enfermeros, vendadores, masajistas… y, en caso de necesidad, este equipo médico atendía también a los animales, sin ningún escrúpulo.
Dada la profunda creencia religiosa de la época, fueron los sacerdotes, principalmente los de las diosas Selket (protectora de las vísceras y relacionada con el parto y la pediatría) y Neith (Diosa Madre, creadora de dioses y hombres, diosa de la guerra y la caza, diosa protectora) quienes comenzaron a ejercer la medicina en los templos y eran conocidos con el nombre de Sunu (el que cura). La concepción mágico-religiosa de la medicina de los primeros tiempos, a través del efecto beneficioso que la presencia del sacerdote producía al paciente, era útil al tratarse de enfermos con gran sensibilidad religiosa y fácilmente sugestionables. El sacerdote proporcionaba paz y confianza al enfermo, quien experimentaba un mejor estado anímico para propiciar la recuperación del organismo. En este sentido, podemos afirmar que nos encontramos en los orígenes de la psicoterapia. La medicina ejercida por los sunus mantenía que cada parte del cuerpo representaba o estaba regida por un dios, al cual invocaban para pedir la recuperación del órgano enfermo.
La medicina mágico-religiosa se servía de multiplicidad de sustancias, de origen animal, vegetal o mineral, con el fin de ahuyentar a los malos espíritus y devolver la salud y la paz al enfermo o, en último caso, cuando no existía una solución conocida para su mal, prepararlo para una muerte más llevadera.
Según describe Herodoto, la medicina, por aquel entonces, era conocida como “el arte de dar vida a los enfermos y poner el nombre de todos los dioses en todos los templos”.
El médico, al igual que el sacerdote, podía administrar los medicamentos sirviéndose de trucos (sheasau), con el beneficio de la sugestión que proporcionaba la magia. Un ejemplo de estos trucos, para los casos de envenenamiento, era la invocación al dios correspondiente a la parte afectada, mediante la pintura de su imagen en la palma de la mano del enfermo, quien debía lamer el dibujo del dios para curarse. Evidentemente, aquello que el enfermo ingería no eran simples pigmentos, sino los medicamentos administrados por el médico, pero, si el enfermo sentía alivio, todos interpretarían que, indudablemente, había obrado un milagro.
Frecuentemente, los médicos no eran llamados, de manera que los sacerdotes acudían con sus remedios, basados en conjuros y fórmulas mágicas, pronunciadas con tono solemne y acompañadas de un preciso ritual de invocación a los dioses (Isis, Osiris, Horus, Anubis, Amón… y, por supuesto, Imhotep), que garantizaba las posibilidades de curación.
Enfermedades como la peste, el cólera, la tuberculosis, la viruela, el escorbuto e incluso el cáncer, ya eran conocidas entonces y existía un tratamiento para ellas, el cual, debido a la miseria y a las consecuencias del hambre, no podía ser aplicado en todos los casos. Era entonces cuando los sacerdotes eran reclamados para realizar sus exorcismos y curar, cuando era posible, o aliviar el padecimiento a los enfermos.
A pesar de que la mayoría de los remedios utilizados por los sacerdotes carecían de efectos curativos reales, más allá de las propias palabras del sunu, no debemos obviar el hecho de que algunas de las plantas y sustancias utilizadas en su elaboración presentaban propiedades farmacológicas, cuyas indicaciones eran conocidas, al igual que los modos de aplicación y las dosis adecuadas. Este hecho determina la separación de lo mágico-religioso y lo empírico, del sacerdote mágico y el médico.
Aplicando la observación sistemática, los antiguos médicos egipcios desarrollaban sus conocimientos y experiencia a través del aprendizaje por acierto-error. Así descubrieron las facultades farmacológicas de multitud de sustancias, las ventajas del reposo en la recuperación del enfermo y la importancia de la higiene en la prevención de enfermedades (hablamos, por tanto, del comienzo de la medicina preventiva).
El médico acudía a la casa del enfermo e interrogaba al paciente sobre sus síntomas, inspeccionaba las zonas afectadas, la piel, los ojos, la respiración… y realizaba palpaciones para evaluar los órganos internos. El aspecto y olor de las heces, la orina, la sudoración, otras secreciones y la sangre le daban la información objetiva sobre la posible enfermedad y sus causas. Sabemos que también tomaba el pulso al enfermo, pero no podemos afirmar que supiera medir las pulsaciones, tal como hoy lo entendemos, pues, por aquel entonces, todavía no existían unidades de tiempo pequeñas, tales como el minuto (actualmente, medimos el ritmo cardíaco en relación al número de pulsaciones por minuto).
En los casos de traumatismos, el médico realizaba pruebas funcionales de los miembros o partes conmocionadas. Si la zona lesionada era el cuello, pedía al paciente que moviera el cuello a los lados y hacia el pecho. Si podía realizar el movimiento, aún con dolor, significaba que no había lesiones graves, pero si no podía realizar dichos movimientos, entonces podría haberse desplazado una vértebra cervical. Del mismo modo, examinaba las extremidades inferiores y superiores a través de movimientos de extensión o flexión y comprobaba los reflejos, de una forma muy similar a la que practicamos hoy día. Así era establecido el diagnóstico, que le permitía pautar un tratamiento específico, con instrucciones detalladas, en función del pronóstico de la enfermedad: leve, moderado (reservado) o grave
Una vez identificada la enfermedad, el médico debía determinar las posibilidades de curación y lo hacía a través de la siguiente clasificación:
- Enfermedad que puedo tratar: enfermedad que curaré.
- Enfermedad que puedo combatir: enfermedad que combatiré.
- Enfermedad que no puedo curar.
En los casos en los cuales su actuación y la eficacia de sus recetas no ofrecía confianza, al igual que en los casos de diagnóstico o pronóstico dudoso, el médico acudía nuevamente a la magia y la religión, aplicando ungüentos al enfermo y recitando salmos para prepararlo y acercarlo a los dioses, dejándolo así en sus manos. Era entonces cuando el médico pronunciaba la temida fórmula mágica “o sana o muere” y entregaba al enfermo a la “Vis Suprema Guaritrix” (la fuerza suprema de la naturaleza). Cuando estos enfermos incurables eran pobres, la ley permitía que fueran abandonados en el desierto, ya que la muerte les sobrevendría más pronto y les evitaría una terrible y lenta agonía.
La antigua medicina egipcia contemplaba la enfermedad como la posesión del cuerpo por entes sobrenaturales, justificando de este modo la colaboración mágico-religiosa con la práctica puramente médica. Pero los avances en la observación y la experiencia de los médicos llevaron a la ruptura de esta conexión. La enfermedad pasó a estar identificada por un síntoma principal, el cual indicaba la causa de la dolencia y facilitaba la elección del tratamiento adecuado, siendo tres los principales métodos terapéuticos utilizados, tanto en la medicina arcaica, como, posteriormente, en la medicina hipocrática: la dieta, los fármacos y la cirugía.
Los hallazgos arqueológicos y las técnicas de análisis de los mismos, pusieron en nuestro conocimiento los avances de la medicina egipcia, a través de los restos encontrados en las tumbas, así como de las imágenes pictóricas que revelan el ejercicio de la curación y la representación de distintos tipos de enfermedades, entre ellos: ceguera; obesidad; enanismo (acondroplasia); gigantismo (acromegalia); parálisis infantil (poliomielitis); pie equino (apoyo sobre la punta del pie); hidrocefalia (aumento del tamaño del cerebro); hemiplejia (parálisis de un lado del cuerpo) y otras minusvalías. El ejemplo más conocido es el extraño aspecto físico del gran Ajenatón, el Hereje, quien, muy posiblemente, padecía el Síndrome de Marfan (trastorno hereditario del tejido conectivo o material que conecta y mantiene unidos los demás tejidos del cuerpo). Como Ajenatón, las personas afectadas por esta enfermedad genética son altas, delgadas y tienen las articulaciones muy flexibles. Los brazos y las piernas suelen ser más largos de lo normal, en relación con el torso. Con frecuencia, tienen los pies planos. La columna vertebral puede ser curva (escoliosis) y el esternón puede sobresalir, o encontrarse hundido. La cara suele ser alargada y estrecha y el paladar alto, con los dientes amontonados. Pero lo más grave de este síndrome es que puede afectar al corazón; los vasos sanguíneos; los pulmones; los ojos; los huesos y los ligamentos.
El estudio de las momias reveló estigmas de infinidad de enfermedades, así como algunas de las terapias utilizadas por los médicos egipcios, entre las cuales consta la trepanación, la cual consiste en realizar una escisión, mediante cirugía, de un fragmento de hueso del cráneo, en forma de disco, para llegar al interior de la cavidad craneal. Es de suponer que los médicos egipcios empleaban la técnica de la trepanación para el tratamiento de dolores de cabeza y también de de la epilepsia. También tenemos constancia de la realización de necropsias (autopsias), según informa Plinio, en el siglo I d. C., en aquellos casos en los cuales no fuera posible determinar con certeza la causa de la muerte. Dichas necropsias se realizaban de manera oficial, autorizadas legalmente.
Pero es en una inscripción correspondiente al reinado de Neferirkare, que data de la Quinta Dinastía, donde encontramos evidencias de la existencia de una literatura médica científica. Dicha inscripción relata como el arquitecto Llashpta pierde el conocimiento durante la visita a una de sus construcciones y el Faraón ordena llamar a los médicos de palacio para que consulten en los escritos médicos, relativos al suceso, las medidas oportunas a seguir en la atención al accidentado. Aunque estos libros sobre medicina fueron atribuidos por la tradición mágico-religiosa del momento a la revelación de los dioses.
Los textos médicos del Antiguo Egipto que hoy conocemos, son papiros escritos en escritura hierática, afortunadamente ya descifrada, siendo los más relevantes los papiros médicos de Edwin Smith y de Georg Ebers. En todos los papiros encontrados hasta el momento, podemos apreciar el conocimiento de las enfermedades por parte de los médicos egipcios, así como de la especialización de éstos: médicos para los ojos; para los dientes; para la cabeza; para las enfermedades internas; etc.
En palabras de Herodoto, la profundización en los conocimientos llevó a una gran especialización de los médicos egipcios, llegando a existir una especialidad para cada órgano, de manera que no hay constancia de la existencia de la medicina general.
Asimismo, el descubrimiento de las tumbas y sus momias, reveló no sólo la identidad de quienes allí yacían, sino algunos de los hitos históricos que revolucionarían el desarrollo científico. Los restos de los médicos egipcios identificados hasta la fecha, ofrecen datos tan sorprendentes y apasionantes como el legado que su saber dejó a la humanidad.
Sabemos que Hesire, especialista en problemas dentales, fue el primer médico conocido con un título de medicina (“Jefe de los Dentistas y de los Médicos”) y perteneció a la Tercera Dinastía (2700 - 2630 a. C.). Recientemente, los últimos descubrimientos arqueológicos identificaron en Sakara los restos de quien pudo haber sido un cirujano egipcio, Kar, perteneciente a la Sexta Dinastía (2350 – 2190 a. C.), pues, cuando descubrieron su tumba, encontraron la momia de Kar enterrada junto a su instrumental quirúrgico de bronce.
Pero fue Imhotep, el más famoso de los médicos del Antiguo Egipto, considerado el fundador de la medicina egipcia y autor principal del papiro médico Edwin Smith, sobre dolencias, curaciones y anatomía, en el cual, además, recomienda el uso de los vapores de ciertos opiáceos como anestésicos. Su fama como médico era tal que se decía que no sólo curaba a los enfermos, sino que los resucitaba. Imhotep fue, además, astrónomo y el primer arquitecto de la historia. Diseñó la pirámide escalonada de Sakara, anterior a las pirámides de Giza, durante la Tercera Dinastía. Sumo Sacerdote de Heliópolis, visir del Faraón Zóser, tesorero del Rey y administrador del Gran Palacio, fue el primer científico conocido y el único cuyo nombre fue inscrito al lado del nombre de un faraón. Esta inscripción se encuentra en la base de la estatua de Zóser, hallada en Sakara. Su sabiduría y prestigio era tal que fue deificado como Dios de la Medicina y la Sabiduría. Adorado durante siglos por los egipcios, su culto llegó hasta los griegos, quienes lo asimilaron a su dios de la medicina, Asclepio (Esculapio para los romanos). Imhotep es representado como los escribas, sentado, con un papiro sobre sus rodillas y casquete.
En el Templo de Sais, junto a la Casa de la Vida (Per Ankh), dependencias anexas al templo, donde era transmitida la sabiduría, fue reconstruida una Escuela de Medicina, en tiempos de Darío I, donde estudiaban los hijos de las mejores familias todo lo relacionado con “el arte de curar”, ya que el médico podía curarlo todo, incluso el mal de amores. El Templo de Sais fue erigido en honor a la diosa Neith (Madre de todos los Dioses), creadora de dioses y hombres e inventora de la mitología egipcia. Todos los sacerdotes de este templo eran médicos especializados en ginecología. Aunque existen evidencias que indican que esta escuela era femenina y estaba dirigida por mujeres, siendo mujeres sus alumnas. En dicho templo existe una inscripción que así lo demuestra: “Vengo de la escuela de medicina de Heliópolis y estudié en la escuela de mujeres de Sais, donde las divinas madres me enseñaron a curar enfermedades".
También las tradiciones orales del mundo antiguo hablan de la mujer como recolectora y descubridora de las propiedades medicinales de las plantas. Podemos afirmar, por tanto, que ya en el año 3000 a. C., las mujeres estudiaron y trabajaron como médicas y cirujanas.
Corroborando la feminidad de la medicina antigua, nos referimos al papiro médico Kahun (2500 a. C.), el más antiguo de los encontrados hasta la fecha, el cual indica que había mujeres especialistas en ginecología, cirugía y huesos. En este papiro encontramos también la descripción de un método anticonceptivo, a base de extractos de estiércol de cocodrilo. Sabemos, además, que ya conocían la duración del embarazo, estimada en 275 días.
El Papiro Kahun consta de dos partes, clasificadas como A y B. La parte A está dedicada a la ginecología, los métodos de control de la fertilidad y el pronóstico del sexo del feto. La segunda parte, o parte B, es una introducción a la veterinaria. Ambas partes, en escritura hierática, están incompletas, dado su mal estado de conservación.
Existen otros papiros médicos dedicados a temas específicos de la medicina de la época. El Papiro Ramessseum, encontrado en 1896, trata en su fragmento IV sobre ginecología y en su fragmento V sobre la artritis. El Papiro de Calsberg VIII se refiere a las enfermedades obstétricas y oculares. El Papiro Chester-Beatty VI, que data del Imperio Medio, es un tratado de proctología (parte de la medicina que estudia las patologías anales y sus tratamientos médicos y quirúrgicos). El Papiro de Turín, perteneciente también al Imperio Medio, habla del tratamiento de las mordeduras de serpientes y de las enfermedades de los ojos. El Papiro de Londres, correspondiente a la época de Tutanjamón, contiene recetas farmacéuticas, así como conjuros para proteger y curar a las madres y sus hijos.
Pero los papiros más relevantes de la tradición médica egipcia son los de Ebers y Edwin Smith. El primero, el Papiro de Ebers, es una Enciclopedia Médica concebida para los estudiantes de la época. Trata diferentes temas, presentados como “todos los secretos de la medicina”. En este papiro encontramos evidencias de la práctica de la medicina en general, a través de la descripción de 850 casos clínicos, relativos a enfermedades internas; de los ojos; de la piel y de las extremidades, combinados con elementos mágicos y religiosos, como los rituales de los exorcismos. Más de veinte enfermedades del aparato digestivo, con su tratamiento y explicación de las recetas, están descritas en este papiro. El segundo, el Papiro de Edwin Smith, conocido como “El Libro de las Heridas”, está dedicado a la práctica quirúrgica y relata diversos casos clínicos, ordenados por la zona de afección, desde la cabeza hasta los pies. Lamentablemente, el papiro se interrumpe en la parte que habla sobre la columna vertebral, puesto que tan sólo fueron halladas 22 páginas. Este papiro, procedente de Tebas, la última capital de Egipto hasta la conquista de Alejandro Magno, se caracteriza por estar descrito con gran claridad y precisión y presenta muy pocos elementos mágicos. Los médicos, según relata el papiro, distinguían entre la gravedad de las heridas, que podían ser abiertas y sangrantes, o cerradas y penetrar hasta el hueso. En cada caso, sabían cuándo era posible curar esa herida y cómo debían hacerlo, utilizando la carne cruda como cicatrizante.
Los médicos egipcios estudiaron el funcionamiento del corazón y, en su especialización, nos dejaron una monografía sobre este órgano, en la cual podemos encontrar información que confirma el conocimiento del sistema de vasos sanguíneos y la doble circulación de la sangre. Relacionaban la causa de algunas enfermedades con el mal funcionamiento del sistema circulatorio y el movimiento de los fluidos orgánicos. La sangre circulaba por las venas, así como aire y agua, y la alteración de estos flujos hacia el corazón causaba fiebres y trastornos del pulso. También descubrieron el sistema de tendones y nervios relacionados con el corazón y el pericardio. Los movimientos del corazón no les eran desconocidos. Refiriéndose a las arritmias, hablaban poéticamente de “danza del corazón“, mientras que a los extrasístoles (latidos aislados que se anticipan al ritmo normal) los denominaban “escapes del corazón“.
El corazón era el único órgano que regresaba al cuerpo después de la momificación, pues en él situaban el entendimiento y la inteligencia, mientras que los demás órganos eran depositados en unas vasijas construidas a tal efecto, llamadas vasos canopes.
Conocían el funcionamiento del cerebro y el sistema nervioso, así como su relación con el funcionamiento biológico de los demás órganos y también de los músculos. Sabían que los movimientos de los miembros dependían del funcionamiento cruzado de los hemisferios cerebrales. A través de las trepanaciones del cráneo trataban las cefaleas y otros desórdenes cerebrales.
Durante el período faraónico, debido a las grandes construcciones de templos y palacios, la traumatología experimentó un gran desarrollo. Los accidentes sufridos en las obras eran atendidos de forma precisa. Entablillaban los huesos fracturados y desinfectaban las heridas con hierbas astringentes y miel, para ser vendadas posteriormente. Ante una luxación de clavícula, colocaban al paciente en posición supina y extendían sus brazos con el fin de estirar los omóplatos y forzar a la parte afectada a encajar en la posición correcta por sí misma. Sabían que los sujetos que presentaban parálisis de los cuatro miembros, sufrían de una lesión en las vértebras cervicales, explicando que “una vértebra se hundía en la otra como un pie en la tierra cultivada“, y cuando la parálisis era sólo de los miembros inferiores, comprendían que la lesión era más baja. Esto indica que conocían la relación entre el sistema nervioso, la columna y la movilidad de los miembros.
El acierto en el tratamiento de las luxaciones indica un cierto grado de conocimientos anatómicos y funcionales. También las técnicas de embalsamamiento de los cadáveres y la momificación pudieron facilitar ciertos conocimientos anatómicos, aunque en este caso, este ritual era realizado únicamente por los sacerdotes, las personas cercanas al dios, al tratarse de una ceremonia puramente religiosa. Por este motivo, los expertos no han llegado a un acuerdo, todavía, a la hora de asegurar si los antiguos médicos egipcios eran conocedores de la anatomía humana. Lo cierto es que el conocimiento de la anatomía era más avanzado en la antigua civilización egipcia que en otras culturas posteriores. Aunque, si bien tenían buenos conocimientos, éstos no eran completos o suficientes para hablar de anatomía, tal como hoy la entendemos.
Según el Dr. Velasco, puesto que los sacerdotes cirujanos realizaban un pequeño orificio en el costado izquierdo, a la altura del diafragma, suficiente para introducir la mano en el cuerpo y proceder a la evisceración, es posible que no tuvieran un conocimiento preciso de las relaciones anatómicas de los órganos y sus funciones, dado que nunca abrían, ni diseccionaban el cuerpo, impidiéndose así la visión interior del mismo.
En cambio, tenemos la certeza de que los médicos egipcios realizaban intervenciones quirúrgicas delicadas, que resolvían con sorprendente éxito, como fue posible contemplar en los estudios de diferentes momias. A los poderosos y adinerados les administraban sustancias anestésicas y si la operación ponía en peligro la vida del enfermo, los cirujanos practicaban antes con los desfavorecidos, los mendigos, hasta conseguir la habilidad necesaria para garantizar el éxito en la intervención.
Utilizaban un rudimentario cauterio para extirpar los tumores y controlaban las hemorragias mediante un procedimiento sumamente doloroso, pero de gran eficacia. Desinfectaban primero los instrumentos metálicos, poniéndolos al fuego, y los limpiaban después con una tela cuidadosamente hervida en agua de sosa. Los cuchillos eran calentados previamente, para evitar que la sangre brotara a borbotones, y el médico se cuidaba de realizar el corte de las venas con pericia.
Los médicos egipcios suponían que la enfermedad era el resultado de fuerzas hostiles al hombre, tales como la mala alimentación; la falta de higiene; los traumatismos; el clima; los insectos y vermes; los reptiles… Pero también creían en otras fuerzas superiores, ocultas, fuera del poder racional: el castigo de los dioses; la venganza de los muertos; los maleficios de los enemigos… Por todo ello, los antiguos egipcios utilizaban amuletos para protegerse de la mala suerte, los hechizos y hasta de algunas enfermedades. El más popular de todos estos elementos era la Cruz Egipcia o Llave de la Vida (Ankh), que simbolizaba la vida eterna. En esta situación, los médicos utilizaban recetas cuya aplicación dependía de los días propicios para invocar y ser escuchados por los dioses, conocidos como días faustos. Las recetas eran adaptadas a las circunstancias del enfermo, la edad e incluso a las estaciones del año, pues, un medicamento podía ser bueno para curar una enfermedad en el primer mes del año, pero ya no era eficaz en el segundo o el tercero.
Las sustancias utilizadas en las recetas médicas eran, en muchos casos, sustancias preparadas en los laboratorios de los templos, pues los egipcios fueron grandes químicos. La farmacopea egipcia de la época (recetas de productos con propiedades medicinales, reales o supuestas, en las que se incluye su composición y modo de preparación), recurría a más de 700 sustancias, extraídas en su mayor parte del reino vegetal: azafrán; mirra; áloes; hojas de ricino; loto azul; extracto de lirio; jugo de amapola; resina; incienso; cáñamo; etc. Los usos de estos preparados eran destinados tanto a la medicina, como a los rituales religiosos y a la cosmética. Los egipcios estaban muy preocupados por la higiene y la belleza, tanto de las personas, en especial las mujeres y niños, como del hogar. En la Tumba de de Anjmahor o Tumba de los Médicos, encontramos evidencias pictóricas que demuestran que cuidaban sus manos y sus pies, mediante la manicura y la pedicura. Elaboraban perfumes especiales para la casa y la ropa, así como para la mujer, quien se perfumaba y adornaba para potenciar al máximo sus encantos, pues tenían la creencia de que si la mujer era hermosa, el hogar era más agradable.
Uno de los principales usos que tuvieron los perfumes fue el culto a los dioses. Los perfumes sagrados facilitaban el contacto con las divinidades e, incluso, los antiguos egipcios llegaron a creer que los perfumes eran de origen divino (procedían de los ojos y los huesos de los dioses). Tenemos constancia de la existencia de diversas inscripciones que ponen de manifiesto la enorme importancia del incienso en el culto y los rituales religiosos. He aquí una muestra:
“Llega el incienso. El perfume está sobre ti. El aroma del ojo de Horus está sobre ti. El perfume de la diosa Nejbet, que llega desde Nejeb, te limpia, te adorna, se hace sitio entre tus manos. Saludos, ¡oh, incienso!. Trae contigo el ojo de Horus. Su perfume está sobre ti”.
Los sacerdotes untaban su dedo meñique en el ungüento y ungían a los enfermos, invocando al dios, responsable de su mal, para que le devolviera la salud.
También los faraones utilizaban perfumes especiales, con aromas afrodisíacos, compuestos a base de pistachos, menta y mirra, con el fin de atraer al sexo opuesto. No faltan motivos que identifiquen el Antiguo Egipto como la cuna del perfume, en sus diferentes presentaciones (esencias, inciensos, polvos o ungüentos). Para los griegos, los perfumes egipcios eran los mejores, pero también los más caros.
Actualmente, en el Templo de Edfu, dedicado a Horus, podemos visitar una sala acondicionada de manera especial para conservar los perfumes milenarios, los cuales presentan una inscripción que explica el modo en que fueron preparados.
Siempre atentos a la salud, los médicos egipcios prescribían con frecuencia el aceite de ricino para combatir las enfermedades digestivas, a las cuales eran propensos, así como a la anorexia. Practicaban lavados de estómago y utilizaban lavativas; enemas; supositorios; laxantes y vomitivos para limpiar el organismo por dentro, puesto que sabían que los alimentos eran la fuente de muchas enfermedades. Por esta causa, los egipcios depuraban su cuerpo durante tres días seguidos cada mes, mediante el uso de estos medicamentos. La dieta de los antiguos egipcios era sencilla, fresca y fácil de conseguir. A base de vegetales diversos, pescado, aves y pan elaborado con granos y semillas, se trataba de una dieta equilibrada y con los aportes calóricos diarios necesarios. Utilizaban la cebada para elaborar una bebida similar a la cerveza. La mayoría de los alimentos eran consumidos en crudo, aunque algunas veces los preparaban asados o hervidos. Utilizaban el aceite de oliva para cocinar, aderezaban los alimentos con vinagre y endulzaban los platos con miel. La carne era utilizada especialmente en las festividades, ya que eran los hombres ricos quienes disfrutaban del placer de cazar, de manera que la carne no estaba al alcance de todos. Sabemos que consumían carne de vaca, cabra, cordero y cerdo. Pero el consumo de cerdo estaba restringido a períodos concretos del año (con luna llena), más por restricciones religiosas (el cerdo estaba relacionado con Seth en la leyenda de Osiris, de manera que estaba prohibido su consumo para los sacerdotes), que por razones médicas (triquinosis o tenia solitaria, parásitos contenidos en la carne de cerdo, cruda o mal cocida, principalmente), pues la asociación del cerdo con infecciones intestinales no fue descubierta hasta mediados del Siglo XIX. Los niños, especialmente los recién nacidos, eran alimentados con grandes cantidades de leche. Y, según consta en el Papiro Ebers, la leche materna era utilizada también para la medicina pediátrica. Los egipcios dividían su dieta en tres comidas al día, excepto el rey y su corte, quienes realizaban cinco comidas diarias.
Ya en el Antiguo Egipto existían problemas de adicción al alcohol y sustancias tóxicas. La cerveza y el vino eran utilizados en exceso, realizando fiestas alcohólicas, en las cuales participaban también las mujeres. La cerveza y el vino eran utilizados también con fines medicinales y, en el caso del vino, los sacerdotes lo empleaban en los sacrificios de animales. También utilizaban el opio como somnífero, especialmente durante el período de ocupación romana, así como otras plantas opiáceas, apropiadas para diferentes usos específicos: calmar el llanto de los niños; curación de abscesos (infecciones); sedante; analgésico; anestésico previo a éter (al igual que el vino); etc. Pero no hay referencias sobre el uso del opio como droga. En cambio, existen referencias sobre intoxicaciones tras el uso del cannabis. Herodoto relata un ritual de purificación donde eran utilizadas semillas de marihuana, calentadas en piedras candentes, para inhalar el vapor que éstas desprendían. Dioscórides, médico, farmacólogo y botánico griego, describe las indicaciones del consumo de marihuana: impotencia sexual y efectos analgésicos. Parece, por tanto, que el uso de la marihuana tenía fines tanto médicos, como sociales. Utilizaban otras plantas narcóticas como la mandrágora o el loto (en sus diferentes especies), el cual era esnifado.
Los médicos trataban también las enfermedades de los ojos, como las cataratas o las infecciones oftálmicas, con cierta eficacia. La sangre de lagarto estaba indicada en el tratamiento del tracoma, así como las sales de cobre, y el hígado de buey, asado y exprimido, remediaba la pérdida de visión. El maquillaje, además de las funciones estéticas, de culto a la belleza, cumplía con otras funciones de mayor importancia, puesto que las sustancias y pigmentos utilizados para elaborar los cosméticos, presentaban propiedades fungicidas, anti-deslumbrantes, repelentes de insectos e impedía que la arena y el polvo del desierto penetrara en los ojos. La malaquita era el componente principal del maquillaje, tanto para los hombres como para las mujeres, y los artilugios necesarios para la elaboración del maquillaje aparecen como una constante entre el ajuar funerario. Las bases del maquillaje preventivo de los ojos eran la malaquita, de color verde; el óxido de hierro, de color rojo y el kohl, de color negro. Los minerales eran molidos y mezclados con agua o aceite hasta conseguir una pasta fina y untuosa. La malaquita y el kohl se usaban para los ojos y el óxido de hierro para los labios.
Conocían los efectos de infinidad de plantas y, en especial, de plantas psicoactivas como la mandrágora, la adormidera o el beleño, utilizándolas fundamentalmente bajo criterios mágicos, aunque también con fines curativos. Extraían anestésicos y sedantes de algunos minerales como el cobre, el sulfuro, el arsénico o el bicarbonato. También echaban mano de sustancias animales para la elaboración de los remedios o para su ingesta directa: sangre, bilis, tuétano, hígado y otras vísceras. La administración de las drogas y demás recetas se realizaba mediante unos pastelitos, utilizados como vehículo, en la correcta dosis y horario preciso.
Es probable que los médicos egipcios utilizaran antibióticos en el tratamiento de algunas dolencias. Un papiro de la Doceava Dinastía describe el uso de un determinado hongo, que crece en las aguas estancadas, para el tratamiento de llagas y heridas abiertas.
Por aquel entonces, la medicina egipcia, a pesar de presentar errores fundamentales y servirse de ceremoniales mágicos y religiosos en muchas ocasiones, había desarrollado ya infinidad de recursos que aún hoy emplea la medicina moderna, si bien, con mayor sofisticación y certeza. Inhalaban vapores para el tratamiento de la tos. Cocían determinadas plantas y pulpas e inhalaban el vapor con una caña, durante un día completo. Practicaban la circuncisión a jóvenes púberes, para prevenir las infecciones urinarias, incluso antes que los hebreos. Y utilizaban la alimentación artificial con los enfermos y también con los niños, una vez suprimida la lactancia, sirviéndose para ello de cánulas construidas con tallos huecos, recubiertos de lino.
Los trabajadores del Antiguo Egipto gozaban de un razonable estatus social y eran más apreciados por sus capataces que los trabajadores de cualquier otra parte del mundo. Los trabajos eran duros y suponían riesgos, los cuales eran compensados. Los antiguos egipcios poseían ya un sistema de relaciones laborales, que contemplaba el retiro; la baja por enfermedad o el absentismo, así como una incipiente medicina ocupacional, encargada de los trastornos y enfermedades producidas por las condiciones del trabajo, tales como:
- silicosis, enfermedad pulmonar mortal, producida por la inhalación prolongada de sílice cristalina, contenida en el cemento, arenisca, rocas, pinturas y otros abrasivos, frecuentes en la construcción.
- esquistosimiasis (bilharziosis), infección causada por larvas parasitarias (localizadas en las aguas dulces de ríos, lagos, estanques o estuarios) que penetran en el organismo a través de la piel húmeda y provocan infecciones de dos tipos: urinarias o intestinales. Las segundas, a largo plazo, pueden llevar a problemas hepáticos y a graves infecciones crónicas o recidivantes. Esta enfermedad infecciosa todavía hoy afecta en el mundo a millones de personas, de diferentes países tropicales o semitropicales, siendo la segunda parasitosis más frecuente, después de la malaria. En aquel entonces afectaba, principalmente, a los agricultores y granjeros.
- saturnismo, intoxicación severa por plomo al beber agua con alto contenido de este mineral. Genera anemia y alteraciones neurológicas, una vez que el plomo ingresa en la sangre, causando la muerte al llegar al cerebro.
También contemplaban los accidentes laborales. Un equipo de especialistas en medicina industrial atendía a los accidentados y no permitían que realizaran trabajos pesados, como la carga de piedras (Papiro de Turín). Los médicos atendían a los trabajadores enfermos o accidentados en el lugar de trabajo, donde se desplazaban e instalaban hasta el final del proyecto.
Los médicos de los trabajadores eran funcionarios enviados por el Estado para cuidar de los trabajadores en las construcciones faraónicas. Muchos de ellos ocupaban, a su vez, importantes cargos políticos. Pero, a pesar del gran desarrollo y relevancia social de la medicina ocupacional, ésta no estaba reconocida como una entidad o especialidad propia.
A partir del año 500 a. C., el poder político del Antiguo Egipto comenzó a debilitarse. El país fue conquistado por persas, griegos y romanos y la medicina egipcia, al igual que las demás facetas de la cultura y la sociedad, entra en contacto con nuevas corrientes. Aunque el mayor flujo de influencia se establece, de manera bidireccional, entre la cultura egipcia y la griega. Prueba de ello es que el legado de la medicina egipcia ha llegado hasta nuestros días gracias, fundamentalmente, a la labor de los pensadores griegos, quienes siguieron adelante con las investigaciones emprendidas por los egipcios, hasta probarlas, aprobarlas, perfeccionarlas y, en algunos otros casos, también refutarlas.
En este período, Alejandría se convertiría en el más importante centro médico, científico y cultural de la antigüedad. Ptolomeo I, fundador de la Dinastía Ptolemaica, mandó construir un gran palacio donde residirían todos los miembros de la dinastía. Al otro lado del jardín, su hijo Ptolomeo II construiría un importante museo, el cual incluía una universidad de enseñanza superior, que fue el centro de investigaciones para los eruditos de la época y el primer centro científico de la historia. Este museo poseía una inmensa y rica biblioteca, que fue incendiada en la campaña de Julio César para la conquista de Egipto, suponiendo una pérdida de más de 700.000 libros de incalculable valor histórico y científico; un observatorio astrológico; una sala de anatomía, en la cual se realizaban vivisecciones de cadáveres de criminales (incluso llegaron a disecar los cuerpos) y un centro de estudio de animales y plantas (jardín botánico y zoológico).
En el museo se reunían los grandes pensadores y científicos de la época y muy pronto nacería una importante corriente filosófica, la Escuela de Alejandría, cuyos representantes y continuadores de la medicina egipcia fueron Herófilo, fundador de la Escuela de Alejandría de Medicina, y Erasístrato. El primero, realizó grandes aportaciones en el conocimiento anatómico y funcional, en especial del cerebro, y el segundo consiguió medir el pulso, basándose en estudios y técnicas antiguas; descubrió los mecanismos de la respiración y describió con gran precisión el funcionamiento del corazón y sus válvulas. Ambos realizaron grandes descubrimientos al trabajar conjuntamente en la disección anatómica (la mayoría de estas disecciones las hacían en público, a modo de autopsias) y, en el caso de Erasístrato, en la experimentación con animales.
Después de realizar este breve recorrido por la divinidad y la ciencia en el Antiguo Egipto, debemos finalizar con el reconocimiento del gran desarrollo que experimentó la civilización egipcia, demostrado tanto por los avances científicos logrados por los antiguos egipcios, como por las huellas dejadas en la gran cantidad de restos humanos que fueron descubiertos en las épocas posteriores, y que sentaron las bases de la investigación científica, en general, y de la medicina, en particular, e hicieron posible, en gran medida, el avance en el conocimiento médico actual.
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